29.10.07

The eighties

Era marzo y mi papá había traído choclos que ya no estaban para comer, a mi me gustaba desgranarlo, apretando el marlo con los dos puños y girando las manos en sentidos opuestos. No está para comer decía papá, eso quería decir que había que tirárselo a las gallinas.

Yo me acercaba al gallinero, y las aves presentían que iban a comer, por eso se amontonaban y empezaban a hacer una especie de danza. Y como si fueran mis amigos y yo estuviera por tirar algo a la marchanta del otro lado del tejido, les amagaba solo para divertirme viendo como corrían despavoridas, y luego de verificar que habían sido engañadas, volvían y haciendo extraños sonidos como si comentasen entre ellas sobre el timo y a su vez me apurasen para que revolee el botín.

Desgranaba los choclos uno por uno, podían ser hasta una bolsa arpillera. Y para divertirme revoleaba al gallinero primero el marlo vacio, y jugaba con los granos en las manos.

Las gallinas no tenían nombre se dividían entre las criollas o las ponedoras. Muchas veces las miraba, y podían afirmar con certeza que ellas también me miraban, por que si yo caminaba ellas iban girando el cuello. Era chico, y me preguntaba en que grado de ser estaban las gallinas, porque indudablemente el seguir con la vista a alguien implica un grado de inteligencia[1].

Hundía la mano abierta en la bolsa llena de granos, apretaba el puño, sacaba una buena cantidad de maiz, se las mostraba a las gallinas del otro lado del tejido y lo volvía a guardar. Sacaba un grano me lo llevaba a la boca y lo escupía para arriba de modo que cayera adentro del gallinero. Y todos se golpeaban en torno del pequeño tesoro.

Yo les tenía que sacar los huevos a las gallinas, todas las gallinas usaban un mismo rincón para poner un huevo, e ir al rincón y encontrar uno o porque no más de uno, era un descubrimiento, un hecho que pasaba siempre por primera vez. Cuando el huevo estaba caliente quería decir que era reciente. Sentía el calor del huevo recorrer la palma de mi mano y eso era un premio doble.

Yo revoleaba el maíz adentro del gallinero y aprovechaba el tumulto para abrir la puertita de hierro e ir hasta el rincón de los huevos.

Yo desgrano la noche, como choclos.



[1] Por ese tiempo también una vez había visto en el patio de una casa humilde un chico tonto rodeado de gallinas.

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