3.3.12

El traspaso de la memoria

Al recuerdo de Enrique “Tato” Taramasco, amigo de mi papá


Yo siempre supe que papá tuvo un amigo desaparecido. Incluso antes de saber lo que quería decir la palabra o entender que era una dictadura militar y dimensionar lo que significaba perder algo tan cercano. Yo sabía que a uno de los de la barra del nacional de Chivilcoy lo habían desaparecido.

A Papá siempre le gustó contarnos las historias de su secundaria y su vida de estudiante en La Plata. Yo era chico y esas historias eran para mi como el relato de un mundo mágico, sobre todo porque el gordo siempre las contaba con una alegría melancólica que me hacían desear haber estado ahí.

Los personajes nunca variaban demasiado y con mi hermano ya sabíamos cual era el lindo, el que jugaba bien al fútbol, el avaro, el más gracioso, sabíamos cuales eran las cargadas que se hacían y hasta cuando papá nos contaba otra cosa sobre Chivilcoy le preguntábamos también por sus compañeros ¿y los padres de Julio que hacían? ¿y el Gringo que decía de tal cosa? También había veces que en el relato se olvidaba nombrar alguno y nosotros le preguntábamos ¿y Miguel no había ido ese día? también estaban las anécdotas que nos habían gustado tanto que le pedíamos que las repita mil veces.

Pero entre todos sus compañeros había un personaje que era mi preferido: Tato Taramasco, papá siempre le guardaba un lugar de lujo en las historias, era el inteligente del grupo, el más brillante, el desaparecido. Cada vez que contaba algo de Tato papá terminaba al borde de las lagrimas y repitiendo “se llevaron a los mejores”.

Esa fue mi primer relación con la dictadura militar, fueron los que desaparecieron a mi personaje favorito. Yo todavía no entendía de la memoria, de las pérdidas, del dolor, de la ausencia, de la esperanza amarga. Papá había compartido los grandes descubrimientos con todo ese grupo: los primeros amores, las exigencias familiares, la ida a estudiar a La Plata y algunas vacaciones.

Una vez después de contarme una historia me confesó que durante mucho tiempo cada vez que iba a Buenos Aires lo buscaba tirado en la calle. Me dijo con un poco de vergüenza que en ese tiempo se comentaba que a muchos los torturaban hasta dejarle un daño cerebral irreparable, entonces los dejaban vagando por las calles.

Ahora puedo dimensionar el dolor de Papá, la impotencia y el deseo de justicia generacional que estaba sembrando en mi. A veces me imagino si alguien o algo me robara a uno de mi grupo de amigos, entonces siento que hubiera hecho igual que el gordo: contar historias para mantenerlo vivo, transmitirle a mi hijo una sensación para que él desde su distancia temporal haga propia una herida de la historia y la mantenga viva.

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PD:

Después de escribir esto le cuento a mi hermano que estuve buscando en Internet sobre Tato, le digo que estuvo en el Vesubio con Oesterheld, que entre los relatos de los últimos que lo vieron con vida decían que estaba totalmente desfigurado por la tortura, tenía un labio roto y pérdida de visión en un ojo, que había sufrido una conmoción cerebral por un traumatismo de cráneo y tenía quemaduras de picana en todo el cuerpo. Fede hizo una pausa, siguió con lo que estaba haciendo y al rato me dijo: “una vez papá me contó que cuando viajaba a Buenos Aires lo buscaba entre la gente”.

3 comentarios:

gabriela precerutti dijo...

Es difícil decir es muy bueno lo que escribiste porque en realidad es unhermoso y terrible recuerdo, pero es grandioso saber que esta espantosa historia como tantas otras no han quedado en el olvido ni quedaran por. Cada uno de los amigos que no están vaya este relato para que no haya olvido. Se lo dedico a todos mis compañeros/as amigos/as que desaparecieron.
Lemploy cleact

Valeria dijo...

Gracias, porque las historias terribles son necesarias para dimensionar lo que nos pasó, pero las pequeñas anécdotas de nuestros seres queridos nos ayudan a mantenerlos vivos en la memoria. Soy la hija de Tato y te agradezco el relato y la preferencia!

Pvncho dijo...

Hola Valeria: que alegría leer tu comentario. Se lo leí a papi por teléfono y se emocionó mucho; me pidió que te envíe saludos. Te dejo un beso grande y ojalá la vida nos cruce en algún momento. Saludos