28.7.12

Buitrago y los abrazos


Buitrago nunca se abraza con su padre, no recuerda la última vez que eso pasó, a tientas si puede traer a su memoria sus doce años cuando se estaba yendo de viaje de estudio de séptimo grado y su padre se le acercó y le propinó un abrazo seco pero sentido. Tal vez esa falta de alma que tenían los brazos de su padre le hizo notar que ya no era común un abrazo entre ellos.

Sabe que no se trata de una cuestión afectiva, su padre lo quiere; pero a veces siente que necesita esos gestos en que el humano deja de lado su costado racional para comunicarse con lo que le sale con lo que no puede expresar pero es cariño. Buitrago cree que en algún modo esa ausencia lo marcó para siempre, el tampoco puede abrazar, no le sale, no sabe; nunca siente cómodos sus brazos cuando rodean otro cuerpo.

Sin embargo en su mente tiene una cajita reservada para los mejores abrazos que le dieron, una chica cuando tenía quince años lo abrazó después de que él la llevara en bicicleta hasta la escuela, hasta siente que cerrando los ojos puede recuperar esas sensaciones, la piel de gallina y la cosquilla en los ojos como si fuera un lengüetazo de aire tibio por toda la piel.

Hay algo del amor, del ser humano que se transmite en el abrazo estima Buitrago, pero es como si en su rama sanguínea ese gen se hubiera atrofiado. Buitrago se muere por un abrazo.


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