18.8.12

Buitrago y los colectivos

Buitrago está en la parada del 107, son las cinco de la tarde y caminó dos cuadrás más para tener posibilidad de conseguir asiento. Son muchos en la esquina, diez quizás, les mirá las caras y trata de adivinar “este tiene cara de 103 negro, este de 129” y pide por dentro para que la chica de jeans ajustados viaje con él.

El colectivero acelera y se escucha el portazo mecánico, la estrategia de caminar más no le sirvió y tiene que estar parado, al menos la chica de jeans también se subió. Del fondo se escucha a dos amigos que hablan en un tono de voz más alta que nadie en el colectivo, cuentan anécdotas, historias de borrachos, y el 107 dobla por Santa Fe.

Un embotellamiento en calle España hace saltar la térmica de un pelado que hasta el momento había  estado callado, y le hace saber a todos los viajeros que él tiene que cumplir horario, se impacienta y hace miles de movimientos repetitivos y resoplos desde el reducido espacio que el colectivo le asignó. Después de la distracción Buitrago pierde de vista a la chica de jeans.

El 107 pasa Oroño y Buitrago ve a una compañera de la secundaria trotando por el cantero central, un pibe con auriculares blancos empieza a cantar una cumbia pegajosa, al lado de Buitrago pasa una mujer de unos sesenta años con una bolsa enorme y un perfume barato que le hace acordar a una maestra de la primaria. Al fin vuelve a ver a la chica de jeans, se encontró con una amiga y están hablando.

El colectivo es un rectángulo amarillo que avanza como en un videojuego en el mapa geométrico de Rosario, esquivando corralitos de aguas santafesinas, tocando bocina y podando ramas. Buitrago va adentro de ese micromundo instantáneo que se disuelve y se prepara esquina por medio.


A la altura del patio de la madera logra un asiento, podría haber dejado el lugar a una mujer más grande que estaba cerca, pero está cansado de viajar todos los días parado y eso le despierta el espíritu egoísta, siente que merece más que nadie sentarse, está agotado. Después de justificarse internamente Buitrago nota que la chica que viaja al lado tiene olor a shampoo.

En el asiento delantero un chico que está con su madre se da vuelta y ahora está de frente a Buitrago, el nene tiene unos cuatro años. Le pregunta a la madre

- ¿por qué el señor de atrás está serio?
- porque viene de trabajar y está cansado
- ¿por qué estás serio? - le pregunta el nene a Buitrago que lo mira y sonríe.
- Porque vengo de trabajar
- ¿Donde trabajas?

La  impunidad que le da la inocencia al pequeño comienza a irritar a Buitrago que aprovecha para sacar su celular y borrar viejos mensajes de texto. Es la parada de la terminal de omnibus y unos diez estudiantes se bajan con sus bolsos y sus llamadas a la familia para avisar que están saliendo. Buitrago ve que en los asientos únicos, un par de filas adelante va sentada la chica de jeans, cierra los ojos y aspira el olor del shampoo de su acompañante, es un buen viaje.

A partir de ahora nadie tiene cara de centro. Un pasajero  discute con el chofer porque dice que la tarjeta no le marca, tres adolescentes preparan la salida del fin de semana, dos mujeres que aparentan unos ocho años más de los 32 que tienen hablan de sus maridos, de algunos chismes del barrio y se intercambian secretos para la educación de sus hijos.

El chico del asiento de enfrente vuelve a la carga con una canción que aprendió en el jardín, la madre parece no registrar lo que sucede, la chica del olor a shampoo le sonrie a Buitrago, eso alivia los gritos. Se sube un vendedor ambulante, dice que es un adicto en recuperación y pasa repartiendo postales de amor. Buitrago se conmueve con la historia y le da dos pesos aunque no quiere la postal,  el vendor no la acepta y le dice “regalasela a la flor que tenés al lado”, Buitrago se pone un poco colorado pero quizás por la puerta abierta que le dejaron se anima y hace lo que dicen “toma, a lo mejor te sirve”.

El colectivo sube el viaducto, la ciudad se ve como desde un segundo o tercer piso de un edificio,
una fila interminables de trenes y vagones que parecen de juguetes, casas bajas y unos chicos jugando en una canchita improvisada a unos metros de las vías.

“Tomá, yo no tengo donde guardarla y después se me dobla toda” La chica no sabe como tomar las palabras de Buitrago, aunque como lo nota un poco nervioso le sonríe y guarda la tarjeta en la cartera. Buitrago siente que es el momento para decirle algo más para entablar un contacto pero no se le ocurre nada, a la chica le pasa lo mismo.

El 107 toma calle Alberdi, alguien toca insistentemente el timbre porque entiende que el chofer debería haber parado en esa esquina, Buitrago se da vuelta para mirar y ve a la chica de jeans que mastica un chicle y tiene la mano preparada para volver a tocar.

“Está apurada, parece” le dice la chica del olor a shampoo a Buitrago, que quiera aprovechar esta nueva ruptura del hielo, aunque sólo puede decir “subió en la misma parada que yo”, la chica sabe que no va a ser fácil con Buitrago y le pregunta “¿donde subiste vos?”.

El colectivo pasa la Iglesia del Perpetuo Socorro y la señora de adelante se hace la señal de la cruz como puede, su hijo la imita, también varias de las personas que van en el colectivo. Buitrago no, hace tiempo que dejó de creer en la iglesia, en dios y en todo lo que escape al mundo tangible, la chica del olor a shampoo tampoco se hace la señal de la cruz.

“¿Trabajás en el centro? ¿le dijiste la verdad al nene, por eso estás serio?” La acompañante de Buitrago se suelta y demuestra ser una de esas personas que es difícil creer que hubo un tiempo entre el nacimiento y el año y medio que no hablaron.

Se acerca la parada de Buitrago, se despide de la chica, no se dejan ningún dato, no se volverán a hablar nunca más o si lo hacen no recordarán este día. Buitrago se abre paso entre la gente, le corre la mochila a un estudiante, se tropieza con la caja de herramientas de un plomero y al final llega, toca el timbre.

Se baja en una esquina pintada azul y amarilla con los colores de Rosario Central, alguien le escribió arriba tercer año sinA, el semáforo aún está en verde, el 107 acelera y se pierde entre los plátanos laterales y las palmeras centrales de Boulevard Rondeau. Buitrago camina, un conocido lo saluda a la distancia y él piensa en cuantas horas de su vida pasó arriba del 107, cuantos mundos vio crearse y esfumarse en la misma esquina, mañana también va a haber un mundo nuevo.

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