13.8.12

Buitrago y los espejismos

Hace unas semanas que Buitrago no para de ver a la cajera en otras mujeres, de atrás en un videoclub buscando un DVD, a lo lejos en la cola de un recital, en la peatonal, en la salida de un shopping, hasta en un gesto al pedir el menú del día. Pero indefectiblemente cuando se acerca ella desaparece, se convierte en otra, lejana, dejando el sabor dulce de su presencia enjuagándole la boca.

La primera vez que vio el espejismo de una mujer tenía diecisiete años, estaba terminando la secundaria y en una de esas ferias de carreras universitarias había conocido a una chica de un pueblo cercano, recorrieron todos los stands juntos y compartieron lo que para Buitrago fue la charla más íntima que había tenido. Cuando se separaron el supo que nunca más la iba ver, sin embargo su mente no soportaba ese pesimismo y la hacía aparecer en todos los rincones de Rosario, hasta que al fin el recuerdo de ella fue simplemente un espejismo.

Con el tiempo a ese fenómeno le puso un nombre “El espejismo de la mujer amada”, para Buitrago no era difícil saber que pasaba en su interior, sus ojos se encargaban de desparramar a su chica amada en todas las mujeres de Rosario. Con el tiempo el espejismo se fue volviendo más misterioso y empezaba a anunciar encuentros inesperados, primero veía los espejismos y después a las semanas aparecían las personas, como una premonición.

Buitrago ve a la cajera en un espejismo y también se ve a él, pero disimula, se mira a la distancia, sin acercarse, quiere dejar perpetuado algunos espejismos.


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