13.12.12

Buitrago y los glóbulos rojos



Buitrago siente como si le temblaran los glóbulos rojos, sabe que adentro, en la sangre, en los tejidos, hay algo que se agita, tiene ganas de correr, de saltar, de sacarse el aire por la garganta. Sale a la calle, respira hondo, quisiera poder clasificar los olores que siente, hacer un inventario sobre que le recuerda cada sabor: el tilo, la lavandina, las pizzerías, las cocheras, la humedad, el shampo de una chica que pasa.

Todo es fugaz, no puede atrapar nada, como los olores que se le van sin poder encajarlos en su línea histórica. Una chica pasa y lo mira, se pregunta si lo mira porque lo ve conocido o porque le gusta, él se da vuelta para mirarle el culo y la ve perderse en la multitud. No puede congelar ningún momento, todo se le escapa. Y hay una revolución celular en su cuerpo que tampoco puede parar, él lo sabe, quiere darle un beso en el cuello a la chica que espera para cruzar la calle, correrle el pelo y decirle algo lindo al oído.

Buitrago es un Heráclito bañándose en un Rosario que lo pasa por arriba, “nunca caminás dos veces la misma calle”, piensa eso, o algo más o menos así. Tiene miedo de un día levantarse y ya no reconocer la ciudad, tiene miedo de no poder atrapar nada, necesita aferrarse a algo para cuando la ciudad se vaya, para cuando el río de carteles de descuentos lo arrastre por calle San Luis y se lo lleve puesto el 107. Piensa como si le temblasen los glóbulos rojos.

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