3.7.13

El gran dictador

Yo me inicié en esto del totalitarismo a los tipo tres, cuatro años. Iba al jardín Rosario Vera Peñaloza que dependía directamente de la Escuela Nicolás Avellaneda. En sexto de ese colegio estaba Fede mi hermano mayor, lo que me favoreció un poco en mi ascensión al poder absoluto de la salita.

Recuerdo que el primer día de clase al cual caí de la mano de mi mamá, un nene se acercó y me puso un bloc de madera fría en mi espalda caliente. Los dictadores sabemos que esos atropellos no se pueden dejar pasar por alto y que para evitar sublevaciones futuras debemos accionar con rudeza. Por lo cual le encajé la caja entera de blocks al negrito Salinas.

Mi reinado del terror transcurría con la seguridad absoluta de ser el mejor para el cargo, yo ya sabía los colores, dibujaba bien, recortaba que era una maravilla, jugando al fútbol parecía el bocha Ponce y para las piñas era mandado hacer. La verdad que era un dictador que cualquier otro jardín hubiera envidiado.

Recuerdo como caían mis alcahuetes a avisarme cada vez que algo andaba mal. Mi control era tal que ya ni necesitaba ensuciarme, un buen grito bastaba y si no era suficiente siempre estaba la amenaza latente del hermano mayor en sexto grado que asustaba a cualquier que quisiera dar un golpe de estado.

El jardín era realmente un paraíso, jugábamos a Brigada A y yo era Mario y a cualquiera que quisiese hacerse el malo le mandaba a Fax, Murdoc o Anibal. Si era necesario que yo entrara en las peleas, entonces todo el mundo cantaba “Pancho, Pancho”; lo cual ya me auguraba una victoria psicológica frente a cualquier rival. No es por tirármela de guacho pistola pero más de uno se cagó literalmente en los pantalones cuando lo agarré yo.

Transcurrían los días felices, y yo rompiendo corazones de muñecas, también las cabezas y los brazos. Hasta que un día llegó el gordo Ynzúa, el gordo era una topadora, lo de él no era la palabra, era la acción. A mi eso me puso alegre, como si Maradona hubiera fichado para el pincha, era LA incorporación del mercado de invierno. Con el gordo entre mi equipo de matones podría ampliar mi reinado más allá del jardín y quien te dice en unos años prepararme para reinar en primaria.

Como buen dictador, yo era cordial con toda persona merecedora de temor. Así que en un recreo, le propuse que vayamos al subibaja para hablar del asunto. En señal de cortesía le traje un par de nenes de tres para que les pegue un rato y saque su instinto criminal. La cumbre entre el gordo y yo era como una reunión entre Hittler y Franco.

El gordo me decía que estaba contento de venir acá, él venía del campo y estaba cansado de someter pequineses, sapos y batarazas.

El gordo definitivamente era un tipo de confiar, alguien que entendía clarito el significado de la palabra maldad. Recuerdos como hoy cuando hicimos llorar a Natalia Perez1 arrinconándola contra la pared y diciéndole “Usted mató a Richard, Usted mató a Richard”, mientras nuestros dedos índices y pulgares formaban una pistola.

Como muestra de poder, con el gordo jugábamos al fútbol contra todos los otros varones del curso. Por miedo o por mérito, pero siempre ganábamos.

Un día el partido venía chivo, Abrahan Peralta estaba encendido no sé que carajo había tomado pero siempre desbordaba por mi lado. Hasta que el gordo me dijo quedate vos cerca del arco, que yo gambeteo a todos. El gordo era de confianza y no veía porque no llevar adelante la propuesta. Finalmente tenía razón ganamos el partido. Así que con el correr de los picaditos el gordo jugaba al centro y yo de arquero digamos, él se llevaba la gloria, lo cual era lógico; y yo colaboraba desde un lugar más... estratégico, digamos.

Los días pasaban y la gente hablaba del gordo, el gordo saboreaba las mieles del éxito. A veces a lo lejos se escuchaba “gordo, gordo” y bastaba correr al patio para ver un acto de crueldad total, una maravilla, el gordo haciendo llorar a cuanto nene se cruzase. Y era mío, era mi arma, yo lo miraba con los ojos entrecerrados.

Nunca el jardín Rosario Vera Peñaloza conoció dos dictadores tan complementarios, tan sometedores de nenes. Nuestra organización y prolijidad era tal que nos juntábamos en horario extra-escolar para analizar a quien pegarle o que maldad hacer.

Un día planificamos simular una pelea entre nosotros, para que después cuando todos canten a favor del gordo, yo la de vuelta y todo el mundo aplaudiese a su tirano. Ese día estábamos en un mesita y en con el gordo nos empezamos a tirar cachetadas inofensivas sin destino, entonces todos empezaron a cantar “gordo, gordo”, queriendo ver a la máquina de matar. Con el gordo nos mirábamos y nos reíamos por dentro.

La simulación se empezó a extender un poco más de lo que a mi me parecía lo correcto, ya era tiempo de que yo gane, le empecé a hacer señas al gordo de que ahora me tocaba a mi, pero estaba como cegado. Pensé que una cachetadita inofensiva iba servir para hacerlo reaccionar, así que le pegué. Y ahí vi volteársele las pupilas al gordo, y por primera vez vi en los ojos de él mi cara, con la cara de susto que otrora me miraban a mí. El gordo me la devolvió fuerte y yo no contesté, la cosa quedó ahí. Yo me aguante las ganas de llorar ¿cómo un dictador iba a llorar? y seguí relativizando la victoria del gordo.

Un día cuando íbamos a jugar a Brigada A, el gordo me dijo que por aspecto físico el tenía que ser Mario y yo debía ser Aníbal. Me pareció razonable, así que acepté; me di cuenta que el puesto no estaba tan malo, ya no estaba tan expuesto, aunque extrañaba que cada vez que la señorita hablara mal de un alumno me nombrase menos que al gordo.

Entendí que operar bajo las sombras del anonimato no estaba tan mal, siempre podía encontrar un chivo expiatorio y el gordo además no me parecía un mal jefe, y yo podía perfectamente colaborar para que su reinado de tiranía fuese un ejemplo en todo el colegio. En secreto yo sabía que era el número dos del gordo y eso me llenaba de orgullo.

2 comentarios:

Chancho Piluqui dijo...

El Gordo Presidente, Pancho al poder... Un placer de leer, tal como recordaba.

Le mando un abrazo, estimadísimo, recién bajado del DeLorean o la Tardis (lo que usté prefiera).

Pvncho dijo...

Que alegría volver a verlo estimado. Me alegro que haya vuelto. Yo ando a los tumbos. Ya me daré una vuelta por su espacio. Abrazo