28.6.13

Buitrago y las heladeras


Buitrago abraza a Gina y sabe lo que va a pasar, ella también. Va a decir que no puede, que no pueden seguir así. El motor de la heladera se frena. Se enfrentan a sus silencios, a la distancia infinita que ahora, tres o cuatro palabras después, hay entre ellos. Saben que esto es el bigbang del silencio que tienen por delante. No habrá invitaciones a comer, saludos de buenas noches, recomendaciones de artículos del diario, tardes en los parques. El silencio comienza a fisionar sus átomos entre los dos.

“El ruido de las heladeras es la banda sonoras de las separaciones”, dice Gina, se ríen por primera vez y vuelve el silencio del motor. Buitrago pregunta dónde se guardarán, qué cosas triviales la traerán de vuelta, cuándo dejará de poder recrear el sonido de su voz en su mente, cuándo olvidará los detalles de su cara, cuándo no podrá recrearla desnuda, excitada, cuándo la memoria se llevará el roce de la piel.

Buitrago la acompaña a la puerta. Se besan en la boca para negarse el rollo del olvido. Buitrago sube al ascensor, el silencio se corta con un ruido metálico por cada piso. En su departamento, el motor de la heladera vuelve a sonar, se prepara un café y piensa en su línea histórica.  Le gustaría hacer un zoom out al mapa de su línea histórica, saber qué está por venir, que tan lejos se va Gina.

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