28.3.13

Buitrago y los rayos x



Toda espera es eterna mientras dura, sobre todo las que se dan en las salas que anteceden a los consultorios médicos. A Buitrago se le vuelve a caer el sobre con la radiografía, lo levanta y mira a ese grupo de personas desparramadas, cada una con el temblor previo de los que se meten en una caja negra. Una madre le explica a su hija porqué el abuelo es pelado, una mujer de unos sesenta años se abanica, un hombre con una agenda de cuero golpea el piso con insistencia, un ficus se retuerce en el interior de una maceta.

Salas de esperas, entradas a edificios, livings, solariums, cafetines, hoteles, terrazas de edificios, todos tienen macetas con un ficus convirtiendo tierra fértil de vivero en hojas perennes verdes oscuras. Árboles preparados para crecer más de 20 metros rompen macetas, hacen nudos de raíces y son podados con formas geométricas. El árbol sabe que tiene que crecer, está en su ADN desde que es semilla, pero se choca contra los límites del universo de barro o plástico que proponen las macetas.

Buitrago, dice el médico. La puerta se abre a un consultorio con fotos de familia y cursos en el extranjero. ¿Trajo la placa? Buitrago le da la radiografía y el hombre sin percibir el tacto con el papel madera, en un sólo movimiento abre el sobre, gira para un lado, para el otro y pone la radiografía en el negatoscopio. “Ve, acá tiene un ficus”, dice el médico “esto se lo deberían haber trasplantado, sino le van reventar las tripas, las raíces en realidad son el problema, lo que va por abajo siempre es el problema”

Fue un par de años atrás, Maia había ido a una clase de danzas, Buitrago la había notado extraña cuando hablaron por teléfono, como queriéndose despedir. Pasó el horario de la clase y Buitrago la llamó primero al celular de ella y después al del trabajo, le mandó un sms; pero ella no respondió. Una incertidumbre de sala espera le comía el estómago, como el que sabe que en la caja negra del tiempo lo espera una mala noticia.

Al otro día Maia le dijo que había ido a tomar algo con sus compañeras de danzas y que se había olvidado los celulares juntos, arriba de la cama. Buitrago sabía que cuando pasaba eso o se quedaba sin baterías ella mandaba un sms desde un celular prestado, pero ese día no. Cuando se volvieron a ver Buitrago notó que no dijo nada de la salida como solía hacer recordando cosas que habían pasado, no trajo ninguna historia de sus compañeras de danza. Ese día había plantado el ficus adentro de Buitrago.

Pasaron los meses y Maia nunca le contó lo que había hecho en realidad, y se enojaba cada vez que él le preguntaba por ese día. El ficus crecía adentro de Buitrago, no podía darle nombre, pero lo sentía, sentía las raíces. Le pidió a Maia que de un tirón le saque el ficus de adentro, que necesitaba trasplantarlo, que los ficus pueden ser grandes como eucaliptos y siempre era mejor plantarlos en tierra firme, transportarlos en las tripas era ingrato. Maia no entendió o no pudo.

“Le puedo dar pastillas para que se seque, pero donde muere un árbol no puede a volver a crecer otro” le dice el médico, Buitrago sabe que perdió para siempre un pedazo fértil de su cuerpo, donde crecen las dudas ya no hay lugar para otras plantas.

Cierra la puerta del consultorio, se va caminando por calle España, el sol del primer frío de marzo le calienta el cuerpo, Buitrago no sabe que hacer con su Ficus. Va a abonar su cuerpo para que algo bueno vuelva a crecer.

13.12.12

Buitrago y los glóbulos rojos



Buitrago siente como si le temblaran los glóbulos rojos, sabe que adentro, en la sangre, en los tejidos, hay algo que se agita, tiene ganas de correr, de saltar, de sacarse el aire por la garganta. Sale a la calle, respira hondo, quisiera poder clasificar los olores que siente, hacer un inventario sobre que le recuerda cada sabor: el tilo, la lavandina, las pizzerías, las cocheras, la humedad, el shampo de una chica que pasa.

Todo es fugaz, no puede atrapar nada, como los olores que se le van sin poder encajarlos en su línea histórica. Una chica pasa y lo mira, se pregunta si lo mira porque lo ve conocido o porque le gusta, él se da vuelta para mirarle el culo y la ve perderse en la multitud. No puede congelar ningún momento, todo se le escapa. Y hay una revolución celular en su cuerpo que tampoco puede parar, él lo sabe, quiere darle un beso en el cuello a la chica que espera para cruzar la calle, correrle el pelo y decirle algo lindo al oído.

Buitrago es un Heráclito bañándose en un Rosario que lo pasa por arriba, “nunca caminás dos veces la misma calle”, piensa eso, o algo más o menos así. Tiene miedo de un día levantarse y ya no reconocer la ciudad, tiene miedo de no poder atrapar nada, necesita aferrarse a algo para cuando la ciudad se vaya, para cuando el río de carteles de descuentos lo arrastre por calle San Luis y se lo lleve puesto el 107. Piensa como si le temblasen los glóbulos rojos.

5.11.12

Buitrago y el presente continuo

Buitrago sale a la calle, se inventa un motivo, pagar una cuenta y ver algo de ropa, aunque secretamente busca que pase algo, encontrarse con alguien, descubrir un objeto, pide a gritos que algo extraordinario suceda. La peatonal es una autopista de personas, ahí corre el flujo humano como la metáfora gastada de las hormigas.

Hombres de traje en la puerta de las casas de cambio, chicos pidiendo, vendedores de praliné, adolescentes que se parten, veteranas operadas, gente con problemas para caminar, tipos tostados de camisas desprendidas, estudiantes, oficinistas, vendedores ambulantes, guardia urbana, perros de la calle.

Buitrago los mira y siente el presente continuo en su mejor expresión. Ninguno de los que están tienen un pasado o futuro para Buitrago, nunca va a saber nada de la mujer que le acaba de rozar el codo con la cartera, del chico que ata la bicicleta ¿Cuántas veces habrá visto a personas sin saber que ese era el último día de sus vidas? Pero no puede saber nada, sólo ese presente continuo de los empresarios en la puerta de la bolsa de comercio, de los chicos abriendo las puertas de los taxis, de la banda que toca música de los Balcanes.

¿De dónde viene la gente? ¿Qué les pasó una hora antes de estar caminando frente a él? ¿Cuántas veces habrá estado mirando mujeres que venían de tener una mala experiencia sexual? ¿Cuántas veces habrá chocado a alguien que esa semana perdió un ser querido? ¿Qué mierda sabemos más allá de este presente continuo, del viento que ahora levanta la basura en la esquina, de la chica que vende pañuelos?

A veces el mismo se siente que habita otro tiempo, un futuro deseado que nunca llega, y cuando llega lo encuentra preocupado en otro tiempo; otra veces es un pasado el que lo habita, un pasado que vuelve aunque no lo llame, aunque se lo quiera dejar ahí en la estantería de los recuerdos que no duelen.

Buitrago no se siente ajeno a ese presente continuo ¿qué saben todos de él, de ese tipo de zapatillas deportivas, sin barba y pelo corto? ¿En qué coordenadas espacio temporales comenzarán a perderse sus pensamientos, sus recuerdos?

El sol divide en dos la peatonal de Rosario, Buitrago camina por la sombra sintiendo de tanto en tanto el aire fresco que viene de los locales de artículos del hogar. Es octubre y esto también es un presente continuo que se va a perder.


27.10.12

Buitrago y lo natural

A Buitrago se le fue corriendo el cuerpo y ahora apoya toda la espalda en el sillón, la cola está en el aire, la cabeza en el respaldo, el control remoto en el pecho, la mirada dos metros arriba del televisor, en el televisor hablan de lo natural para el hombre. Lo natural para el hombre es la familia, un hombre y una mujer, hijos, ese es el destino del hombre, dice una señora.

Comienza el espacio publicitario, una mujer de pechos redondos y duros, abdomen plano y culo parado, intenta convencer que el homo sapiens sapiens necesita un modelador electrónico de cuerpo, que así atraerá al sexo opuesto, que lo verán más apuesto, que desearán aparearse con él, que en las reuniones sociales hará reír al resto. Pero Buitrago ya no escucha.

Buitrago siente que sus costumbres se fueron haciendo cada vez más raras, que le es imposible comunicarse con otro homo sapiens sapiens de forma natural, sin pensar en agradarle, en caerle bien, sin sentir vergüenza por sus defectos, como si nunca hiciese lo que realmente quiere hacer. Ya ni sabe bien que quiere hacer, piensa los chistes, piensa cuándo levantarse para ir al baño, piensa hasta que botón tener prendida la camisa y nunca encuentra una certeza.

En alguna parte el camino evolutivo lo llevó a convertirse en un homo solitario, en un inseguro de mierda, él falló a la genética, al hombre natural que tiene que hacer lo que viene en su mandato interno escrito en la sangre, en la biblia o donde carajo sea.

Vuelve el programa, alguien dice que en los primates las formas de sociabilizarse son mucho más complejas, vuelve a hablar la señora que había dicho lo de la naturaleza en el hombre, ahora dice que ella no cree en las teorías evolucionistas.

La religión es lo natural, y el hombre es lo deforme, piensa Buitrago, sus genes tienen la culpa. Es tarde y el televisor lo marea, prefiere ir a la cocina a preparar un te y ver si pasan los goles del domingo.


19.9.12

Buitrago y el agua potable

Es sábado y Buitrago se levanta tarde, ayer salió de joda. Abre la ducha y se queda sentado en el inodoro hasta que el agua empieza a salir caliente, en su mente recuerda la noche anterior, conoció a la prima de una amiga que vive en La Plata. Entra rápido en la bañera no le gusta desperdiciar agua potable, cierra los ojos y trata de imaginar que no son gotas sino un chorro grande y suave que lo acaricia. Tenía buenas tetas la platense piensa.

El vapor empieza empañar los azulejos, y se frota el shampoo sobre la cabeza. Se acuerda que hablaron de los redondos, discutieron oración a oración La hija del fletero y Tarea fina. Le gustaría ahora poder prender la computadora y poner Tarea fina. Buitrago la invitó dos vueltas de fernet y salieron a bailar, lo poco que podían entre los empujones de la gente. En un momento se tomaron de la mano.

Cierra los ojos y sube la cara en dirección a la ducha, se imagina un masaje facial, se imagina su cuerpo liberando toxinas de ayer, se imagina limpiando el humo del tabaco impregnado en la piel. Abre la boca y traga un poco de agua, es agua potable y caliente, la siente recorrer los tubos internos de su sistema digestivo y descansar en el estómago. Puede imaginarse con los dedos la textura de la mano de la platense, una mano chica de huesos finos y piel que parecía una sábana de hotel.

Recuerda que hablaron de las manos, de tocarse las manos, se invitaron a ese gesto mínimo “ahora” dijeron y comenzaron a explorarse las arrugas de los nudillos, las cosquillas de la palma, rozaron los caminos de las huellas digitales, pero a los ciegos no les gustan los sordos y un corazón no se endurece porque sí, cantaba El Indio y Buitrago tenía los ojos cerrados, en su mano derecha el revés de la mano de la platense recorriendo de forma descendente las líneas de su palma. El bar parece más perceptivo a demostraciones exageradas, la chica del piercing en la ceja moviéndole el culo al snob de gorro o la cerveza cayendo en los labios de la morocha del lunar en la boca.

Buitrago siente la espuma del jabón que le cae por el cuerpo y es como si lo malo de la noche se estuviese yendo por ese camino de burbujas que se agolpa hasta la rejilla de la bañera. Recuerda cuando le acerco la cara a la platense y sintió la dureza de sus tetas contra el pecho, ella cerró los ojos y se rozaron los labios, después le pasó la nariz por el cuello Está dormida o finje que duerme,
llega una mosca y se posa en su boca y sin embargo mi mundo termina en ella cantaba el Indio y sentía como una lengua húmeda le subía por la aorta. La apretó contra su cuerpo tan fuerte como pudo, no quería que se escape ese momento, necesitaba una especie de foto pero que contenga todos los sentidos algún modo de guardar ese instante para volver de vez en cuando a ese lugar.

Ya no le queda jabón que sacarse en el cuerpo, pero quiere quedarse un rato más, sin sentirse culpable de estar dilapidando agua potable, al menos por hoy necesita sentir como las gotas le rebotan en la espalda. Recuerda palpar con la boca los labios de la platense, el choque de lengua y la multitud empujándolos. No, hoy no va a cortar la ducha, siente que hoy puede dejar un rato más ese recuerdo.

2.9.12

Buitrago y su nacimiento


Buitrago sabe poco de su nacimiento, sabe que nació un mes antes, que justo en el momento de salir se corto la luz y cuando volvió él ya estaba afuera. Su papá estaba en otra ciudad por un trabajo nuevo que había conseguido y llegó una hora más tarde. Su tía dice que era un bebe feo, demasiado violeta y su mamá recuerda que era flaco y tenía las piernas largas.

No le preocupa no saber nada más de ese día, Buitrago entiende que los verdaderos misterios del nacimiento no se esconden en las salas de parto. Lo extraño es cuando ese manojo de líquidos, células e información genética se transforma en un ser vivo que empieza a darle nombre a las cosas, a preguntarse, a generar sentimientos, expectativas y se la pasa intentando aferrarse a algo sin fecha de vencimiento.

“Todo nace con la esperanza de perdurar” lee Buitrago y le da escalofríos completar la lógica de esa frase.


***



Todo nace con la esperanza de perdurar

Texto de mi amigo Rodrigo Diéguez  (cuando busqué el título en Google para ver si él lo había posteado en el blog de fisiones noté que un flaco lo publicó como suyo al igual que hizo con otros textos publicados en el tercer número de Fisiones)


El tiempo clausura toda esperanza y que. Seguimos alumbrando todavia aunque se cierren los ojos y las puertas. Seguimos alumbrando incluso con las luces apagadas, porq las cosas tambien nacen en la noche, tras las ventanas cerradas, en las bocas humeantes de cualquier alcantarilla, en los patios a trasmano y en los corazones de manzana.
Y vos ahi, mirandome mientras te hablo otra vez de todo esto.
Palabras ya escuchadas y sabidas. Me dejas seguir, sabiendo que tambien el tiempo desmentira lo que te digo y volvermemos a hablar del cafe con leche, de la lluvia que insiste en repetirse los domingos, del precio del zapallo y otros tantos tantisimos etceteras. Con el tiempo, que inaugura la cuenta de todo lo que nace, lamiendonos la oreja. Susurrando depsacio a la misma letania de las cosas que se apagan, como la llamita de un encendedor y tus manos que vuelan de mis manos a tu pelo. Dibujando un gesto en la brevedad del humo. Esperando en tu boca el nacimiento del beso que concluya al fin en la mia; detenidos aunque el tiempo nos arrugue las miradas.


22.8.12

Buitrago y su nombre


Buitrago está frente al espejo, se mira fijo, se pregunta por la conjunción de letras que lo nombran B U I T R A G O se despega consonantes y vocales una por una de la lengua: trago – bui - trago – ago bu – hago buuu (simula asustar a alguien) y trago (traga). Hay momentos fuera de contexto en la vida de Buitrago.