21.5.14

Booktrailer de Los teleféricos

Desde hace un tiempo algunas editoriales están experimentando con los trailers para promocionar sus libros. Y ya que estábamos, Fede Actis, me hizo este bonito booktrailer con estética de super 8.


20.5.14

Presento mi primer libro

Desde que abrí este blog lo usé como laboratorio de pruebas para casi todo lo que escribía. Más que nada para textos cortos y que se relacionaban entre sí. Así empezaron a nacer "Los teleféricos", casi sin querer por el año 2006. Después de un tiempo mi amigo Fede los leyó y le sirvieron para inspirar su corto, que terminó siendo muy premiado. Entre las cosas geniales que generó el corto (además de los viajes que se pegó mi amigo), se dio que Gervasio, director de Erizo Editora, buscó los textos, debe haber entrado a este blog y me sugirió compilarlos y publicarlos. 

Después de mucho tiempo de su escritura, el libro ya es un hecho, es el primero mío y está muy cargado, en lo que se puede leer y en lo que no, del cariño de la gente que me rodea. Eso me pone feliz.

El jueves 22 lo voy a estar presentando junto a Gervasio y a José Sainz, que me ayudó a pulir los textos y se convirtió en el eslabón final para que fuera posible.

Este blog ciclotímico merecía que comparta la noticia acá porque fue donde se empezó a tejer.


3.8.13

Cronicas de hosteles

A los que suelen darse una vuelta por este espacio los invito a pasar por una serie de historias que giran entorno  a los hosteles, los extranjeros y el turismo en Rosario. Las notas son para la revista digital Club de Fun. Los invito a leer la última:  
Solo estoy yo 

La misión actual de Mauricio es “to be somebody In this live”, según su estado de couchsurfing.org. Tal vez algo de eso lo trajo a Argentina hace tres meses. Pidió traslado en su trabajo como desarrollador de software y se decidió a abandonar su Barranquilla natal para conocer a la chica de San Miguel (Gran Buenos Aires) con la que desde hacía siete años tenía una relación por Internet.

Seguí leyendola en Club de Fun

3.7.13

El gran dictador

Yo me inicié en esto del totalitarismo a los tipo tres, cuatro años. Iba al jardín Rosario Vera Peñaloza que dependía directamente de la Escuela Nicolás Avellaneda. En sexto de ese colegio estaba Fede mi hermano mayor, lo que me favoreció un poco en mi ascensión al poder absoluto de la salita.

Recuerdo que el primer día de clase al cual caí de la mano de mi mamá, un nene se acercó y me puso un bloc de madera fría en mi espalda caliente. Los dictadores sabemos que esos atropellos no se pueden dejar pasar por alto y que para evitar sublevaciones futuras debemos accionar con rudeza. Por lo cual le encajé la caja entera de blocks al negrito Salinas.

Mi reinado del terror transcurría con la seguridad absoluta de ser el mejor para el cargo, yo ya sabía los colores, dibujaba bien, recortaba que era una maravilla, jugando al fútbol parecía el bocha Ponce y para las piñas era mandado hacer. La verdad que era un dictador que cualquier otro jardín hubiera envidiado.

Recuerdo como caían mis alcahuetes a avisarme cada vez que algo andaba mal. Mi control era tal que ya ni necesitaba ensuciarme, un buen grito bastaba y si no era suficiente siempre estaba la amenaza latente del hermano mayor en sexto grado que asustaba a cualquier que quisiera dar un golpe de estado.

El jardín era realmente un paraíso, jugábamos a Brigada A y yo era Mario y a cualquiera que quisiese hacerse el malo le mandaba a Fax, Murdoc o Anibal. Si era necesario que yo entrara en las peleas, entonces todo el mundo cantaba “Pancho, Pancho”; lo cual ya me auguraba una victoria psicológica frente a cualquier rival. No es por tirármela de guacho pistola pero más de uno se cagó literalmente en los pantalones cuando lo agarré yo.

Transcurrían los días felices, y yo rompiendo corazones de muñecas, también las cabezas y los brazos. Hasta que un día llegó el gordo Ynzúa, el gordo era una topadora, lo de él no era la palabra, era la acción. A mi eso me puso alegre, como si Maradona hubiera fichado para el pincha, era LA incorporación del mercado de invierno. Con el gordo entre mi equipo de matones podría ampliar mi reinado más allá del jardín y quien te dice en unos años prepararme para reinar en primaria.

Como buen dictador, yo era cordial con toda persona merecedora de temor. Así que en un recreo, le propuse que vayamos al subibaja para hablar del asunto. En señal de cortesía le traje un par de nenes de tres para que les pegue un rato y saque su instinto criminal. La cumbre entre el gordo y yo era como una reunión entre Hittler y Franco.

El gordo me decía que estaba contento de venir acá, él venía del campo y estaba cansado de someter pequineses, sapos y batarazas.

El gordo definitivamente era un tipo de confiar, alguien que entendía clarito el significado de la palabra maldad. Recuerdos como hoy cuando hicimos llorar a Natalia Perez1 arrinconándola contra la pared y diciéndole “Usted mató a Richard, Usted mató a Richard”, mientras nuestros dedos índices y pulgares formaban una pistola.

Como muestra de poder, con el gordo jugábamos al fútbol contra todos los otros varones del curso. Por miedo o por mérito, pero siempre ganábamos.

Un día el partido venía chivo, Abrahan Peralta estaba encendido no sé que carajo había tomado pero siempre desbordaba por mi lado. Hasta que el gordo me dijo quedate vos cerca del arco, que yo gambeteo a todos. El gordo era de confianza y no veía porque no llevar adelante la propuesta. Finalmente tenía razón ganamos el partido. Así que con el correr de los picaditos el gordo jugaba al centro y yo de arquero digamos, él se llevaba la gloria, lo cual era lógico; y yo colaboraba desde un lugar más... estratégico, digamos.

Los días pasaban y la gente hablaba del gordo, el gordo saboreaba las mieles del éxito. A veces a lo lejos se escuchaba “gordo, gordo” y bastaba correr al patio para ver un acto de crueldad total, una maravilla, el gordo haciendo llorar a cuanto nene se cruzase. Y era mío, era mi arma, yo lo miraba con los ojos entrecerrados.

Nunca el jardín Rosario Vera Peñaloza conoció dos dictadores tan complementarios, tan sometedores de nenes. Nuestra organización y prolijidad era tal que nos juntábamos en horario extra-escolar para analizar a quien pegarle o que maldad hacer.

Un día planificamos simular una pelea entre nosotros, para que después cuando todos canten a favor del gordo, yo la de vuelta y todo el mundo aplaudiese a su tirano. Ese día estábamos en un mesita y en con el gordo nos empezamos a tirar cachetadas inofensivas sin destino, entonces todos empezaron a cantar “gordo, gordo”, queriendo ver a la máquina de matar. Con el gordo nos mirábamos y nos reíamos por dentro.

La simulación se empezó a extender un poco más de lo que a mi me parecía lo correcto, ya era tiempo de que yo gane, le empecé a hacer señas al gordo de que ahora me tocaba a mi, pero estaba como cegado. Pensé que una cachetadita inofensiva iba servir para hacerlo reaccionar, así que le pegué. Y ahí vi volteársele las pupilas al gordo, y por primera vez vi en los ojos de él mi cara, con la cara de susto que otrora me miraban a mí. El gordo me la devolvió fuerte y yo no contesté, la cosa quedó ahí. Yo me aguante las ganas de llorar ¿cómo un dictador iba a llorar? y seguí relativizando la victoria del gordo.

Un día cuando íbamos a jugar a Brigada A, el gordo me dijo que por aspecto físico el tenía que ser Mario y yo debía ser Aníbal. Me pareció razonable, así que acepté; me di cuenta que el puesto no estaba tan malo, ya no estaba tan expuesto, aunque extrañaba que cada vez que la señorita hablara mal de un alumno me nombrase menos que al gordo.

Entendí que operar bajo las sombras del anonimato no estaba tan mal, siempre podía encontrar un chivo expiatorio y el gordo además no me parecía un mal jefe, y yo podía perfectamente colaborar para que su reinado de tiranía fuese un ejemplo en todo el colegio. En secreto yo sabía que era el número dos del gordo y eso me llenaba de orgullo.

28.6.13

Buitrago y las heladeras


Buitrago abraza a Gina y sabe lo que va a pasar, ella también. Va a decir que no puede, que no pueden seguir así. El motor de la heladera se frena. Se enfrentan a sus silencios, a la distancia infinita que ahora, tres o cuatro palabras después, hay entre ellos. Saben que esto es el bigbang del silencio que tienen por delante. No habrá invitaciones a comer, saludos de buenas noches, recomendaciones de artículos del diario, tardes en los parques. El silencio comienza a fisionar sus átomos entre los dos.

“El ruido de las heladeras es la banda sonoras de las separaciones”, dice Gina, se ríen por primera vez y vuelve el silencio del motor. Buitrago pregunta dónde se guardarán, qué cosas triviales la traerán de vuelta, cuándo dejará de poder recrear el sonido de su voz en su mente, cuándo olvidará los detalles de su cara, cuándo no podrá recrearla desnuda, excitada, cuándo la memoria se llevará el roce de la piel.

Buitrago la acompaña a la puerta. Se besan en la boca para negarse el rollo del olvido. Buitrago sube al ascensor, el silencio se corta con un ruido metálico por cada piso. En su departamento, el motor de la heladera vuelve a sonar, se prepara un café y piensa en su línea histórica.  Le gustaría hacer un zoom out al mapa de su línea histórica, saber qué está por venir, que tan lejos se va Gina.

28.3.13

Buitrago y los rayos x



Toda espera es eterna mientras dura, sobre todo las que se dan en las salas que anteceden a los consultorios médicos. A Buitrago se le vuelve a caer el sobre con la radiografía, lo levanta y mira a ese grupo de personas desparramadas, cada una con el temblor previo de los que se meten en una caja negra. Una madre le explica a su hija porqué el abuelo es pelado, una mujer de unos sesenta años se abanica, un hombre con una agenda de cuero golpea el piso con insistencia, un ficus se retuerce en el interior de una maceta.

Salas de esperas, entradas a edificios, livings, solariums, cafetines, hoteles, terrazas de edificios, todos tienen macetas con un ficus convirtiendo tierra fértil de vivero en hojas perennes verdes oscuras. Árboles preparados para crecer más de 20 metros rompen macetas, hacen nudos de raíces y son podados con formas geométricas. El árbol sabe que tiene que crecer, está en su ADN desde que es semilla, pero se choca contra los límites del universo de barro o plástico que proponen las macetas.

Buitrago, dice el médico. La puerta se abre a un consultorio con fotos de familia y cursos en el extranjero. ¿Trajo la placa? Buitrago le da la radiografía y el hombre sin percibir el tacto con el papel madera, en un sólo movimiento abre el sobre, gira para un lado, para el otro y pone la radiografía en el negatoscopio. “Ve, acá tiene un ficus”, dice el médico “esto se lo deberían haber trasplantado, sino le van reventar las tripas, las raíces en realidad son el problema, lo que va por abajo siempre es el problema”

Fue un par de años atrás, Maia había ido a una clase de danzas, Buitrago la había notado extraña cuando hablaron por teléfono, como queriéndose despedir. Pasó el horario de la clase y Buitrago la llamó primero al celular de ella y después al del trabajo, le mandó un sms; pero ella no respondió. Una incertidumbre de sala espera le comía el estómago, como el que sabe que en la caja negra del tiempo lo espera una mala noticia.

Al otro día Maia le dijo que había ido a tomar algo con sus compañeras de danzas y que se había olvidado los celulares juntos, arriba de la cama. Buitrago sabía que cuando pasaba eso o se quedaba sin baterías ella mandaba un sms desde un celular prestado, pero ese día no. Cuando se volvieron a ver Buitrago notó que no dijo nada de la salida como solía hacer recordando cosas que habían pasado, no trajo ninguna historia de sus compañeras de danza. Ese día había plantado el ficus adentro de Buitrago.

Pasaron los meses y Maia nunca le contó lo que había hecho en realidad, y se enojaba cada vez que él le preguntaba por ese día. El ficus crecía adentro de Buitrago, no podía darle nombre, pero lo sentía, sentía las raíces. Le pidió a Maia que de un tirón le saque el ficus de adentro, que necesitaba trasplantarlo, que los ficus pueden ser grandes como eucaliptos y siempre era mejor plantarlos en tierra firme, transportarlos en las tripas era ingrato. Maia no entendió o no pudo.

“Le puedo dar pastillas para que se seque, pero donde muere un árbol no puede a volver a crecer otro” le dice el médico, Buitrago sabe que perdió para siempre un pedazo fértil de su cuerpo, donde crecen las dudas ya no hay lugar para otras plantas.

Cierra la puerta del consultorio, se va caminando por calle España, el sol del primer frío de marzo le calienta el cuerpo, Buitrago no sabe que hacer con su Ficus. Va a abonar su cuerpo para que algo bueno vuelva a crecer.

13.12.12

Buitrago y los glóbulos rojos



Buitrago siente como si le temblaran los glóbulos rojos, sabe que adentro, en la sangre, en los tejidos, hay algo que se agita, tiene ganas de correr, de saltar, de sacarse el aire por la garganta. Sale a la calle, respira hondo, quisiera poder clasificar los olores que siente, hacer un inventario sobre que le recuerda cada sabor: el tilo, la lavandina, las pizzerías, las cocheras, la humedad, el shampo de una chica que pasa.

Todo es fugaz, no puede atrapar nada, como los olores que se le van sin poder encajarlos en su línea histórica. Una chica pasa y lo mira, se pregunta si lo mira porque lo ve conocido o porque le gusta, él se da vuelta para mirarle el culo y la ve perderse en la multitud. No puede congelar ningún momento, todo se le escapa. Y hay una revolución celular en su cuerpo que tampoco puede parar, él lo sabe, quiere darle un beso en el cuello a la chica que espera para cruzar la calle, correrle el pelo y decirle algo lindo al oído.

Buitrago es un Heráclito bañándose en un Rosario que lo pasa por arriba, “nunca caminás dos veces la misma calle”, piensa eso, o algo más o menos así. Tiene miedo de un día levantarse y ya no reconocer la ciudad, tiene miedo de no poder atrapar nada, necesita aferrarse a algo para cuando la ciudad se vaya, para cuando el río de carteles de descuentos lo arrastre por calle San Luis y se lo lleve puesto el 107. Piensa como si le temblasen los glóbulos rojos.