12.10.13

Buitrago y las heladeras


Buitrago abraza a Gina y sabe lo que va a pasar, ella también. Va a decir que no puede, que no pueden seguir así. El motor de la heladera se frena. Entonces se enfrentan a sus silencios, a la distancia infinita que ahora -tres o cuatro palabras después- hay entre ellos. Saben que es el bigbang del silencio que tienen por delante. No habrá invitaciones a comer, saludos de buenas noches, recomendaciones de artículos del diario, tardes en los parques. El silencio comienza a abrir sus partículas entre los dos.

-Los ruidos de los motores de las heladeras son las bandas sonoras de las rupturas.- dice Gina, se ríen por primera vez y vuelve el silencio de motor

Buitrago pregunta donde se guardaran, que cosas triviales la traerán de vuelta, cuando dejará de poder recrear el sonido de su voz en su mente, cuando olvidará los detalles de su cara, cuando no podrá recrearla desnuda, excitada, cuando el tiempo se llevará la memoria del roce de la piel.

Una mujer más se va, Buitrago la acompaña a la puerta. Se besan en la boca para mentirse todo ese rollo del olvido. Buitrago sube el ascensor, el silencio se corta con un ruido metálico cada vez que pasa un piso más. En su departamento, el motor de la heladera vuelve a sonar, se prepara un café, cierra los ojos y piensa en su línea histórica.  Le gustaría hacer un zoom out al mapa de subtes que le corren el cuerpo, saber qué estación está por venir, que tan lejos se va Gina.

3.8.13

Cronicas de hosteles

A los que suelen darse una vuelta por este espacio los invito a pasar por una serie de historias que giran entorno  a los hosteles, los extranjeros y el turismo en Rosario. Las notas son para la revista digital Club de Fun. Los invito a leer la última:  
Solo estoy yo 

La misión actual de Mauricio es “to be somebody In this live”, según su estado de couchsurfing.org. Tal vez algo de eso lo trajo a Argentina hace tres meses. Pidió traslado en su trabajo como desarrollador de software y se decidió a abandonar su Barranquilla natal para conocer a la chica de San Miguel (Gran Buenos Aires) con la que desde hacía siete años tenía una relación por Internet.

Seguí leyendola en Club de Fun

3.7.13

El gran dictador

Yo me inicié en esto del totalitarismo a los tipo tres, cuatro años. Iba al jardín Rosario Vera Peñaloza que dependía directamente de la Escuela Nicolás Avellaneda. En sexto de ese colegio estaba Fede mi hermano mayor, lo que me favoreció un poco en mi ascensión al poder absoluto de la salita.

Recuerdo que el primer día de clase al cual caí de la mano de mi mamá, un nene se acercó y me puso un bloc de madera fría en mi espalda caliente. Los dictadores sabemos que esos atropellos no se pueden dejar pasar por alto y que para evitar sublevaciones futuras debemos accionar con rudeza. Por lo cual le encajé la caja entera de blocks al negrito Salinas.

Mi reinado del terror transcurría con la seguridad absoluta de ser el mejor para el cargo, yo ya sabía los colores, dibujaba bien, recortaba que era una maravilla, jugando al fútbol parecía el bocha Ponce y para las piñas era mandado hacer. La verdad que era un dictador que cualquier otro jardín hubiera envidiado.

Recuerdo como caían mis alcahuetes a avisarme cada vez que algo andaba mal. Mi control era tal que ya ni necesitaba ensuciarme, un buen grito bastaba y si no era suficiente siempre estaba la amenaza latente del hermano mayor en sexto grado que asustaba a cualquier que quisiera dar un golpe de estado.

El jardín era realmente un paraíso, jugábamos a Brigada A y yo era Mario y a cualquiera que quisiese hacerse el malo le mandaba a Fax, Murdoc o Anibal. Si era necesario que yo entrara en las peleas, entonces todo el mundo cantaba “Pancho, Pancho”; lo cual ya me auguraba una victoria psicológica frente a cualquier rival. No es por tirármela de guacho pistola pero más de uno se cagó literalmente en los pantalones cuando lo agarré yo.

Transcurrían los días felices, y yo rompiendo corazones de muñecas, también las cabezas y los brazos. Hasta que un día llegó el gordo Ynzúa, el gordo era una topadora, lo de él no era la palabra, era la acción. A mi eso me puso alegre, como si Maradona hubiera fichado para el pincha, era LA incorporación del mercado de invierno. Con el gordo entre mi equipo de matones podría ampliar mi reinado más allá del jardín y quien te dice en unos años prepararme para reinar en primaria.

Como buen dictador, yo era cordial con toda persona merecedora de temor. Así que en un recreo, le propuse que vayamos al subibaja para hablar del asunto. En señal de cortesía le traje un par de nenes de tres para que les pegue un rato y saque su instinto criminal. La cumbre entre el gordo y yo era como una reunión entre Hittler y Franco.

El gordo me decía que estaba contento de venir acá, él venía del campo y estaba cansado de someter pequineses, sapos y batarazas.

El gordo definitivamente era un tipo de confiar, alguien que entendía clarito el significado de la palabra maldad. Recuerdos como hoy cuando hicimos llorar a Natalia Perez1 arrinconándola contra la pared y diciéndole “Usted mató a Richard, Usted mató a Richard”, mientras nuestros dedos índices y pulgares formaban una pistola.

Como muestra de poder, con el gordo jugábamos al fútbol contra todos los otros varones del curso. Por miedo o por mérito, pero siempre ganábamos.

Un día el partido venía chivo, Abrahan Peralta estaba encendido no sé que carajo había tomado pero siempre desbordaba por mi lado. Hasta que el gordo me dijo quedate vos cerca del arco, que yo gambeteo a todos. El gordo era de confianza y no veía porque no llevar adelante la propuesta. Finalmente tenía razón ganamos el partido. Así que con el correr de los picaditos el gordo jugaba al centro y yo de arquero digamos, él se llevaba la gloria, lo cual era lógico; y yo colaboraba desde un lugar más... estratégico, digamos.

Los días pasaban y la gente hablaba del gordo, el gordo saboreaba las mieles del éxito. A veces a lo lejos se escuchaba “gordo, gordo” y bastaba correr al patio para ver un acto de crueldad total, una maravilla, el gordo haciendo llorar a cuanto nene se cruzase. Y era mío, era mi arma, yo lo miraba con los ojos entrecerrados.

Nunca el jardín Rosario Vera Peñaloza conoció dos dictadores tan complementarios, tan sometedores de nenes. Nuestra organización y prolijidad era tal que nos juntábamos en horario extra-escolar para analizar a quien pegarle o que maldad hacer.

Un día planificamos simular una pelea entre nosotros, para que después cuando todos canten a favor del gordo, yo la de vuelta y todo el mundo aplaudiese a su tirano. Ese día estábamos en un mesita y en con el gordo nos empezamos a tirar cachetadas inofensivas sin destino, entonces todos empezaron a cantar “gordo, gordo”, queriendo ver a la máquina de matar. Con el gordo nos mirábamos y nos reíamos por dentro.

La simulación se empezó a extender un poco más de lo que a mi me parecía lo correcto, ya era tiempo de que yo gane, le empecé a hacer señas al gordo de que ahora me tocaba a mi, pero estaba como cegado. Pensé que una cachetadita inofensiva iba servir para hacerlo reaccionar, así que le pegué. Y ahí vi volteársele las pupilas al gordo, y por primera vez vi en los ojos de él mi cara, con la cara de susto que otrora me miraban a mí. El gordo me la devolvió fuerte y yo no contesté, la cosa quedó ahí. Yo me aguante las ganas de llorar ¿cómo un dictador iba a llorar? y seguí relativizando la victoria del gordo.

Un día cuando íbamos a jugar a Brigada A, el gordo me dijo que por aspecto físico el tenía que ser Mario y yo debía ser Aníbal. Me pareció razonable, así que acepté; me di cuenta que el puesto no estaba tan malo, ya no estaba tan expuesto, aunque extrañaba que cada vez que la señorita hablara mal de un alumno me nombrase menos que al gordo.

Entendí que operar bajo las sombras del anonimato no estaba tan mal, siempre podía encontrar un chivo expiatorio y el gordo además no me parecía un mal jefe, y yo podía perfectamente colaborar para que su reinado de tiranía fuese un ejemplo en todo el colegio. En secreto yo sabía que era el número dos del gordo y eso me llenaba de orgullo.

28.3.13

Buitrago y los rayos x



Toda espera es eterna mientras dura, sobre todo las que se dan en las salas que anteceden a los consultorios médicos. A Buitrago se le vuelve a caer el sobre con la radiografía, lo levanta y mira a ese grupo de personas desparramadas, cada una con el temblor previo de los que se meten en una caja negra. Una madre le explica a su hija porqué el abuelo es pelado, una mujer de unos sesenta años se abanica, un hombre con una agenda de cuero golpea el piso con insistencia, un ficus se retuerce en el interior de una maceta.

Salas de esperas, entradas a edificios, livings, solariums, cafetines, hoteles, terrazas de edificios, todos tienen macetas con un ficus convirtiendo tierra fértil de vivero en hojas perennes verdes oscuras. Árboles preparados para crecer más de 20 metros rompen macetas, hacen nudos de raíces y son podados con formas geométricas. El árbol sabe que tiene que crecer, está en su ADN desde que es semilla, pero se choca contra los límites del universo de barro o plástico que proponen las macetas.

Buitrago, dice el médico. La puerta se abre a un consultorio con fotos de familia y cursos en el extranjero. ¿Trajo la placa? Buitrago le da la radiografía y el hombre sin percibir el tacto con el papel madera, en un sólo movimiento abre el sobre, gira para un lado, para el otro y pone la radiografía en el negatoscopio. “Ve, acá tiene un ficus”, dice el médico “esto se lo deberían haber trasplantado, sino le van reventar las tripas, las raíces en realidad son el problema, lo que va por abajo siempre es el problema”

Fue un par de años atrás, Maia había ido a una clase de danzas, Buitrago la había notado extraña cuando hablaron por teléfono, como queriéndose despedir. Pasó el horario de la clase y Buitrago la llamó primero al celular de ella y después al del trabajo, le mandó un sms; pero ella no respondió. Una incertidumbre de sala espera le comía el estómago, como el que sabe que en la caja negra del tiempo lo espera una mala noticia.

Al otro día Maia le dijo que había ido a tomar algo con sus compañeras de danzas y que se había olvidado los celulares juntos, arriba de la cama. Buitrago sabía que cuando pasaba eso o se quedaba sin baterías ella mandaba un sms desde un celular prestado, pero ese día no. Cuando se volvieron a ver Buitrago notó que no dijo nada de la salida como solía hacer recordando cosas que habían pasado, no trajo ninguna historia de sus compañeras de danza. Ese día había plantado el ficus adentro de Buitrago.

Pasaron los meses y Maia nunca le contó lo que había hecho en realidad, y se enojaba cada vez que él le preguntaba por ese día. El ficus crecía adentro de Buitrago, no podía darle nombre, pero lo sentía, sentía las raíces. Le pidió a Maia que de un tirón le saque el ficus de adentro, que necesitaba trasplantarlo, que los ficus pueden ser grandes como eucaliptos y siempre era mejor plantarlos en tierra firme, transportarlos en las tripas era ingrato. Maia no entendió o no pudo.

“Le puedo dar pastillas para que se seque, pero donde muere un árbol no puede a volver a crecer otro” le dice el médico, Buitrago sabe que perdió para siempre un pedazo fértil de su cuerpo, donde crecen las dudas ya no hay lugar para otras plantas.

Cierra la puerta del consultorio, se va caminando por calle España, el sol del primer frío de marzo le calienta el cuerpo, Buitrago no sabe que hacer con su Ficus. Va a abonar su cuerpo para que algo bueno vuelva a crecer.

13.12.12

Buitrago y los glóbulos rojos



Buitrago siente como si le temblaran los glóbulos rojos, sabe que adentro, en la sangre, en los tejidos, hay algo que se agita, tiene ganas de correr, de saltar, de sacarse el aire por la garganta. Sale a la calle, respira hondo, quisiera poder clasificar los olores que siente, hacer un inventario sobre que le recuerda cada sabor: el tilo, la lavandina, las pizzerías, las cocheras, la humedad, el shampo de una chica que pasa.

Todo es fugaz, no puede atrapar nada, como los olores que se le van sin poder encajarlos en su línea histórica. Una chica pasa y lo mira, se pregunta si lo mira porque lo ve conocido o porque le gusta, él se da vuelta para mirarle el culo y la ve perderse en la multitud. No puede congelar ningún momento, todo se le escapa. Y hay una revolución celular en su cuerpo que tampoco puede parar, él lo sabe, quiere darle un beso en el cuello a la chica que espera para cruzar la calle, correrle el pelo y decirle algo lindo al oído.

Buitrago es un Heráclito bañándose en un Rosario que lo pasa por arriba, “nunca caminás dos veces la misma calle”, piensa eso, o algo más o menos así. Tiene miedo de un día levantarse y ya no reconocer la ciudad, tiene miedo de no poder atrapar nada, necesita aferrarse a algo para cuando la ciudad se vaya, para cuando el río de carteles de descuentos lo arrastre por calle San Luis y se lo lleve puesto el 107. Piensa como si le temblasen los glóbulos rojos.

5.11.12

Buitrago y el presente continuo

Buitrago sale a la calle, se inventa un motivo, pagar una cuenta y ver algo de ropa, aunque secretamente busca que pase algo, encontrarse con alguien, descubrir un objeto, pide a gritos que algo extraordinario suceda. La peatonal es una autopista de personas, ahí corre el flujo humano como la metáfora gastada de las hormigas.

Hombres de traje en la puerta de las casas de cambio, chicos pidiendo, vendedores de praliné, adolescentes que se parten, veteranas operadas, gente con problemas para caminar, tipos tostados de camisas desprendidas, estudiantes, oficinistas, vendedores ambulantes, guardia urbana, perros de la calle.

Buitrago los mira y siente el presente continuo en su mejor expresión. Ninguno de los que están tienen un pasado o futuro para Buitrago, nunca va a saber nada de la mujer que le acaba de rozar el codo con la cartera, del chico que ata la bicicleta ¿Cuántas veces habrá visto a personas sin saber que ese era el último día de sus vidas? Pero no puede saber nada, sólo ese presente continuo de los empresarios en la puerta de la bolsa de comercio, de los chicos abriendo las puertas de los taxis, de la banda que toca música de los Balcanes.

¿De dónde viene la gente? ¿Qué les pasó una hora antes de estar caminando frente a él? ¿Cuántas veces habrá estado mirando mujeres que venían de tener una mala experiencia sexual? ¿Cuántas veces habrá chocado a alguien que esa semana perdió un ser querido? ¿Qué mierda sabemos más allá de este presente continuo, del viento que ahora levanta la basura en la esquina, de la chica que vende pañuelos?

A veces el mismo se siente que habita otro tiempo, un futuro deseado que nunca llega, y cuando llega lo encuentra preocupado en otro tiempo; otra veces es un pasado el que lo habita, un pasado que vuelve aunque no lo llame, aunque se lo quiera dejar ahí en la estantería de los recuerdos que no duelen.

Buitrago no se siente ajeno a ese presente continuo ¿qué saben todos de él, de ese tipo de zapatillas deportivas, sin barba y pelo corto? ¿En qué coordenadas espacio temporales comenzarán a perderse sus pensamientos, sus recuerdos?

El sol divide en dos la peatonal de Rosario, Buitrago camina por la sombra sintiendo de tanto en tanto el aire fresco que viene de los locales de artículos del hogar. Es octubre y esto también es un presente continuo que se va a perder.


27.10.12

Buitrago y lo natural

A Buitrago se le fue corriendo el cuerpo y ahora apoya toda la espalda en el sillón, la cola está en el aire, la cabeza en el respaldo, el control remoto en el pecho, la mirada dos metros arriba del televisor, en el televisor hablan de lo natural para el hombre. Lo natural para el hombre es la familia, un hombre y una mujer, hijos, ese es el destino del hombre, dice una señora.

Comienza el espacio publicitario, una mujer de pechos redondos y duros, abdomen plano y culo parado, intenta convencer que el homo sapiens sapiens necesita un modelador electrónico de cuerpo, que así atraerá al sexo opuesto, que lo verán más apuesto, que desearán aparearse con él, que en las reuniones sociales hará reír al resto. Pero Buitrago ya no escucha.

Buitrago siente que sus costumbres se fueron haciendo cada vez más raras, que le es imposible comunicarse con otro homo sapiens sapiens de forma natural, sin pensar en agradarle, en caerle bien, sin sentir vergüenza por sus defectos, como si nunca hiciese lo que realmente quiere hacer. Ya ni sabe bien que quiere hacer, piensa los chistes, piensa cuándo levantarse para ir al baño, piensa hasta que botón tener prendida la camisa y nunca encuentra una certeza.

En alguna parte el camino evolutivo lo llevó a convertirse en un homo solitario, en un inseguro de mierda, él falló a la genética, al hombre natural que tiene que hacer lo que viene en su mandato interno escrito en la sangre, en la biblia o donde carajo sea.

Vuelve el programa, alguien dice que en los primates las formas de sociabilizarse son mucho más complejas, vuelve a hablar la señora que había dicho lo de la naturaleza en el hombre, ahora dice que ella no cree en las teorías evolucionistas.

La religión es lo natural, y el hombre es lo deforme, piensa Buitrago, sus genes tienen la culpa. Es tarde y el televisor lo marea, prefiere ir a la cocina a preparar un te y ver si pasan los goles del domingo.